pero, acaso hago mal
engañando a la pena?
Gracias mil a la playa
por su apoyo moral,
su granito de arena.
Días de playa, Javier Krahe.
El día de ayer
empezó más tarde de lo que debería. Unos 20 minutos más tarde. Este soy yo
tocándome los bolsillos con los ojos cerrados muy fuerte haciendo una especie
de plegaria para que aparezcan 210 colones para pagar el bus, sin éxito. Nada,
se lo di todo la noche anterior a un "guachimán" que me pidió alguito
pa' comer.
En dirección al trabajo voy jugando a unir los puntos entre cajero y cajero automático que, sistemáticamente, me reciben con algo que en lenguaje bancario y a esa hora de la mañana es lo más parecido a sacarme la lengua: Fuera de servicio. Lejos de las paradas y sin dinero, subirse a un bus esta en lenguaje encriptado, subirse a un taxi es más que un gesto poético, es un gesto esquizofrénico.
Eliminada toda posibilidad, corro como mi si salario dependiera de eso (corro adecuadamente) y atravieso Los Yoses a velocidad crucero. La cuesta que lleva de la calle principal a la oficina es del tipo revienta tobillos y la velocidad a la que la bajo es inversamente proporcional a todo pronóstico de que vaya a ser un día jovial.
Entro, transpirado, sin habla, por la mínima. Sin saludar. El día se siente empezado pero nadie tiene por qué saberlo. Estoy feliz de haber llegado y de que todos usen auriculares. Me siento y el aire acondicionado me da en la cara y a nadie más parece estorbarle, de nada vale que lo ajuste cada mañana y que cada mañana haya una discusión por eso, al otro día hay que hacerlo de nuevo, Sísifo en forma de dióxido de carbono.
Pasa el día sin novedad, salvo unos mensajes de mi hermano diciéndome que un tío está en el Hospital de Puntarenas, no detalla nada más. Pero insiste en que contacte a alguien, a Roberto tal vez, para ver si sabe cómo lo pueden trasladar al Hospital México. De nada vale que le diga que no veo cómo , que él no va a tener mayor injerencia, como ya dije, insiste.
Así que, a cómo puedo, hablo con Roberto (no puedo usar el teléfono en el trabajo) que me aclara que él no tiene mayor injerencia. Apenado y con cierto esfuerzo cuelgo una broma en el alambre digital que nos comunica, alambre mal tensado, sin duda, porque la broma sigue hasta el piso sin remedio, sin sentido, sin réplica.
Paso la página, mejor. Hice lo que pude. Llegan y salen planos de mi escritorio, como debe ser. Ese acto casi mecánico es síntoma de que, a pesar de todo, las cosas están en su lugar. Leo que empieza un ciclo de cine en la U, lo dirige el tipo de cuyo titular noticioso soy cómplice. Tengo cosas que hacer en la noche, cosas que escribir, pero suena bien reformularlas viendo El ángel exterminador de Buñuel.
En este punto del día entra ella. Sin querer ha participado de cada momento de mi día, pero se hace presente en forma de mensaje de texto hasta este momento. Oportunamente me dice que está en la U, le digo que me espere. Se hace la difícil, le sale maravillosamente.
Son las 5 pm, y garuba de camino. Aun así me reitero que fue buena decisión correr en la mañana sin paraguas. Voy a un cajero y digito mi clave con venganza, satisfecho. La mujer de los mensajes me dice que no está cerca, que si da tiempo nos reunimos, sino pues no. Guardo celular y aparatos en un leve encoger de hombros. Entro al ciclo de cine y, ante la incomodidad que provoca el auditorio lleno, saludo al anfitrión con un silbido leve apuntándole con la quijada. Me trato mal en secreto cuando por fin estoy en un asiento del que parecían separarme kilómetros. Una amiga a la que no veía hace tiempo me saluda efusivamente, me recuerda que hay hambre vespertina y menciona traer algo de comer, caminamos mientras me hace las preguntas de rigor.
Veintiséis planos después, pan-pita en mano y refresco en el aparador afuera de una soda, me pregunto qué ha sido de la mujer de los mensajes. Quedan 5 minutos para que empiece la película y sé, sin duda, que por hoy no la veré. Reviso el celular, entre masticar de pie y hablar con mi amiga, y tengo dos mensajes suyos, pregunta si ya entré a la película. Quise escribirle: defina entrar. Quise escribirle: estoy próximo a. Quise escribirle que no. Quisiera no haber escrito del todo.
Lo siguiente son los 3 segundos en slow motion que le toma pasar a mi lado, acorazada en la certeza de lo que está viendo, sin una sonrisa, pero sin un mal modo. Es el tiempo que le toma replantearse todo lo que sabe de mi (o lo poco) y lo mucho que sí sabe de su novio.
En dirección al trabajo voy jugando a unir los puntos entre cajero y cajero automático que, sistemáticamente, me reciben con algo que en lenguaje bancario y a esa hora de la mañana es lo más parecido a sacarme la lengua: Fuera de servicio. Lejos de las paradas y sin dinero, subirse a un bus esta en lenguaje encriptado, subirse a un taxi es más que un gesto poético, es un gesto esquizofrénico.
Eliminada toda posibilidad, corro como mi si salario dependiera de eso (corro adecuadamente) y atravieso Los Yoses a velocidad crucero. La cuesta que lleva de la calle principal a la oficina es del tipo revienta tobillos y la velocidad a la que la bajo es inversamente proporcional a todo pronóstico de que vaya a ser un día jovial.
Entro, transpirado, sin habla, por la mínima. Sin saludar. El día se siente empezado pero nadie tiene por qué saberlo. Estoy feliz de haber llegado y de que todos usen auriculares. Me siento y el aire acondicionado me da en la cara y a nadie más parece estorbarle, de nada vale que lo ajuste cada mañana y que cada mañana haya una discusión por eso, al otro día hay que hacerlo de nuevo, Sísifo en forma de dióxido de carbono.
Pasa el día sin novedad, salvo unos mensajes de mi hermano diciéndome que un tío está en el Hospital de Puntarenas, no detalla nada más. Pero insiste en que contacte a alguien, a Roberto tal vez, para ver si sabe cómo lo pueden trasladar al Hospital México. De nada vale que le diga que no veo cómo , que él no va a tener mayor injerencia, como ya dije, insiste.
Así que, a cómo puedo, hablo con Roberto (no puedo usar el teléfono en el trabajo) que me aclara que él no tiene mayor injerencia. Apenado y con cierto esfuerzo cuelgo una broma en el alambre digital que nos comunica, alambre mal tensado, sin duda, porque la broma sigue hasta el piso sin remedio, sin sentido, sin réplica.
Paso la página, mejor. Hice lo que pude. Llegan y salen planos de mi escritorio, como debe ser. Ese acto casi mecánico es síntoma de que, a pesar de todo, las cosas están en su lugar. Leo que empieza un ciclo de cine en la U, lo dirige el tipo de cuyo titular noticioso soy cómplice. Tengo cosas que hacer en la noche, cosas que escribir, pero suena bien reformularlas viendo El ángel exterminador de Buñuel.
En este punto del día entra ella. Sin querer ha participado de cada momento de mi día, pero se hace presente en forma de mensaje de texto hasta este momento. Oportunamente me dice que está en la U, le digo que me espere. Se hace la difícil, le sale maravillosamente.
Son las 5 pm, y garuba de camino. Aun así me reitero que fue buena decisión correr en la mañana sin paraguas. Voy a un cajero y digito mi clave con venganza, satisfecho. La mujer de los mensajes me dice que no está cerca, que si da tiempo nos reunimos, sino pues no. Guardo celular y aparatos en un leve encoger de hombros. Entro al ciclo de cine y, ante la incomodidad que provoca el auditorio lleno, saludo al anfitrión con un silbido leve apuntándole con la quijada. Me trato mal en secreto cuando por fin estoy en un asiento del que parecían separarme kilómetros. Una amiga a la que no veía hace tiempo me saluda efusivamente, me recuerda que hay hambre vespertina y menciona traer algo de comer, caminamos mientras me hace las preguntas de rigor.
Veintiséis planos después, pan-pita en mano y refresco en el aparador afuera de una soda, me pregunto qué ha sido de la mujer de los mensajes. Quedan 5 minutos para que empiece la película y sé, sin duda, que por hoy no la veré. Reviso el celular, entre masticar de pie y hablar con mi amiga, y tengo dos mensajes suyos, pregunta si ya entré a la película. Quise escribirle: defina entrar. Quise escribirle: estoy próximo a. Quise escribirle que no. Quisiera no haber escrito del todo.
Lo siguiente son los 3 segundos en slow motion que le toma pasar a mi lado, acorazada en la certeza de lo que está viendo, sin una sonrisa, pero sin un mal modo. Es el tiempo que le toma replantearse todo lo que sabe de mi (o lo poco) y lo mucho que sí sabe de su novio.
Es una línea
recta y paralela a la mía que la lleva a cualquier otra parte, en dirección
opuesta hacia donde yo me dirijo. Es el frio diametral con el que, a media
sonrisa, intento decirle que aquí estoy y es la inercia del movimiento de la
gente con el que todo eso parece ya no importar.
***
Son las 9:23 de la mañana siguiente. La
noche pasó, el almuerzo se alistó, el
bus se tomó. No detallo gran cosa sobre el ciclo de cine, no se comentó nada,
vimos la película. La gente agobiada aún por lo que acababa de presenciar se
desesperó un poco a la salida, fue saliendo con cautela. Tampoco detallo la serie de llamadas que le
hice a la mujer de los mensajes después de esto, fueron muy similares al ciclo
de cine.
El apartamento estrenó anoche una fuga debajo del fregadero, el charco era tal que el paloe'piso y el balde parecían una de esas parábolas bíblicas para entrar al Cielo. Era una tarea extrahumana, muy acorde al día, una hemorragia que ni con seis compresas a la vez. Debo decir que me satisfizo que el día terminara entre eso y el agua hirviendo de las papas.
Me fui a dormir pensando en que, por hoy, las circunstancias hicieron de mi un ser humano en su estado más elemental. Supe que mucho pudo haberse evitado con un par de principios lógicos de comportamiento. Supe qué tanto y cómo. Supe que hay cosas que quiero cambiar y poco a poco la oscuridad y la noche se fundieron con esas certezas.
La cuesta, como siempre, esta mañana hizo lo suyo, que es verme pasar desaforado con los audífonos escuchando King Crimson a reventar. Pude juntar dos guayabas caídas de un árbol que de vez en cuando abastece mis meriendas. Los tobillos lo recienten, la pendiente y la velocidad les juega en contra y saben que hoy no habrá mensajes de texto.
Pero estoy tranquilo. Alguien se encargó del aire acondicionado antes de que yo entrara. Y se escucha algo más que el murmullo habitual de las computadoras. Llegan y salen planos de mi escritorio, como debe ser.
El apartamento estrenó anoche una fuga debajo del fregadero, el charco era tal que el paloe'piso y el balde parecían una de esas parábolas bíblicas para entrar al Cielo. Era una tarea extrahumana, muy acorde al día, una hemorragia que ni con seis compresas a la vez. Debo decir que me satisfizo que el día terminara entre eso y el agua hirviendo de las papas.
Me fui a dormir pensando en que, por hoy, las circunstancias hicieron de mi un ser humano en su estado más elemental. Supe que mucho pudo haberse evitado con un par de principios lógicos de comportamiento. Supe qué tanto y cómo. Supe que hay cosas que quiero cambiar y poco a poco la oscuridad y la noche se fundieron con esas certezas.
La cuesta, como siempre, esta mañana hizo lo suyo, que es verme pasar desaforado con los audífonos escuchando King Crimson a reventar. Pude juntar dos guayabas caídas de un árbol que de vez en cuando abastece mis meriendas. Los tobillos lo recienten, la pendiente y la velocidad les juega en contra y saben que hoy no habrá mensajes de texto.
Pero estoy tranquilo. Alguien se encargó del aire acondicionado antes de que yo entrara. Y se escucha algo más que el murmullo habitual de las computadoras. Llegan y salen planos de mi escritorio, como debe ser.






